martes, 25 de febrero de 2014

La influencia de un grupo en el comportamiento individual

Nos gusta pensar que decidimos lo que hacemos libremente, que nuestro comportamiento es un reflejo de lo que somos, seres adultos que no nos dejamos influenciar por otros a no ser que queramos, pero lo cierto es que no siempre es así. Lo que piensan los demás nos importa, al punto de que podemos llegar a cambiar nuestras creencias, o a comportarnos de una manera distinta por el efecto que los demás ejercen sobre nosotros… Somos “animales sociales”  y  lo que hace un grupo puede determinar o al menos predisponer nuestra conducta.

Cuando estamos en un campo de fútbol y se produce una jugada polémica en el partido, ¿protestamos en alto si la gente que nos rodea se levanta y grita? ¿nos “contagiamos” del ambiente reprobatorio? Y si pensamos en el caso puesto, un escenario totalmente distinto… si estuviésemos en un recinto deportivo en el que todo el mundo permanece sentado y calmado ¿nos levantaríamos a protestar y chillar, seríamos la nota discordante…?

A principios del los años 50, el psicólogo Solomon Asch llevó a cabo una serie de experimentos en los que estudió qué efecto podría tener sobre un individuo la opinión de un grupo. En su experimento más famoso, el investigador informa a un grupo de personas (5-7) de que van a someterse a un test de “percepción visual”; a continuación se les muestra un panel en el que se puede ver una línea vertical a la izquierda, y otras tres líneas verticales a la derecha. El cometido de los participantes es decir cuál de las líneas de la derecha tiene el mismo tamaño que la línea de la izquierda, sólo una es correcta.


(este vídeo es un breve resumen del experimento)

Lo que la persona que se somete a ese experimento no sabe, es que no es un test de percepción visual, y que es el único que será examinado, ya que el resto del grupo son actores, la consigna que éstos reciben es que deben decir en cada panel una línea errónea de forma unánime. De esta manera, cada vez que el investigador pregunta cuál de las líneas de la derecha es igual a la de la izquierda, los actores eligen una incorrecta, y puede observarse como el sujeto se muestra incrédulo al principio, y posteriormente molesto hasta que finalmente, en los siguientes paneles acaba adecuando su respuesta a la del resto de grupo.

Este experimento se ha repetido desde entonces y el resultado siempre es el mismo, la persona acaba “cediendo” y elige la misma respuesta equivocada que escogen los demás, de hecho, cuando aún daban la opción correcta podía observarse un claro malestar; el sentirse distintos al resto, el sentirse disonantes al grupo genera una sensación incómoda.

De esta investigación podemos concluir que:
  1. Los sujetos cambiaban la respuesta porque dudaban, “si el resto da una respuesta unánime cada vez, ¿cómo van a estar todos equivocados y sólo yo tengo razón?” Por lo que podemos inferir que un planteamiento, aunque sea erróneo, si es sostenido con vehemencia por un grupo de personas, puede hacer que lo asimilemos como correcto, o que al menos se siembre la duda sobre lo que pensamos.
  2. Algunos participantes del experimento cambiaban su respuesta aún sabiendo que estaba mal, no dudaban de su juicio, pero en este caso, auto-percibirse como un elemento disonante o perturbador dentro del equipo, puede más que el hecho de responder correctamente al test
Estos datos determinan que somos altamente manipulables aunque creamos que no. Si  podemos cambiar de opinión en algo tan objetivo como discriminar la longitud de una línea por la presión de un grupo de personas, ¿cómo puede afectarnos esa influencia en temas más subjetivos como tendencias políticas, ideales o gustos? La variación de nuestras creencias y acciones  puede ser elevada.

La próxima vez que vayas a ver un partido, si a tu alrededor la gente comienza a increpar al árbitro o al equipo contrario, ¿te acordarás del experimento de Asch…? ¿harás lo mismo que el resto? Y si lo haces… ¿será porque es lo que querías o simplemente te sientes mejor actuando igual que el ”grupo”? Sin duda, es para pararse y pensarlo...

Actualización: les dejo otro experimento de Asch en el que también puede verse la influencia del comportamiento de un grupo sobre una persona.

miércoles, 19 de febrero de 2014

Neurodoping: estimular el cerebro para rendir más

Imagina que pudieras reaccionar más rápido en la salida de una carrera o al lanzarte a la piscina, imagina que pudieras aumentar tu fuerza muscular en un momento concreto: en el levantamiento de pesas o en el lanzamiento de  martillo o disco… imagina que pudieras entrenar duro y no sentir el agotamiento posterior, ¿te gustaría?

Puede que suene a usar sustancias ilegales que ayuden a mejorar el rendimiento de manera inmediata, a fármacos que darían positivo en controles antidoping, pero no, se trata del uso de técnicas no invasivas que modifican la actividad del cerebro para lograr aumentar el rendimiento; y se les conoce  con el nombre de Neurodoping.

Imagen de A Health Blog en Flickr con licencia CC

Esta tecnología aún en fase de investigación, ha demostrado ser eficaz en pacientes con problemas neurológicos, en los que los fármacos convencionales no producían efectos; desde aquí ha dado el salto al ámbito deportivo porque, si la estimulación cerebral ha resultado ser efectiva en pacientes, ¿qué podría aportar a cerebros sanos, sin lesiones, al cerebro del deportista?

Hasta ahora las investigaciones han arrojado que mediante la estimulación cerebral en deportistas se consigue:
  • Disminuir la fatiga tras el entrenamiento: excitando las neuronas del cortex motor para que la sensación de agotamiento se reduzca.
  • Reducir el tiempo de reacción, por ejemplo ante al pistoletazo de salida en una carrera.
  • Mejorar la capacidad de aprendizaje: estimulando el cortex prefrontal.
  • Aumentar la fuerza muscular.
  • Potenciar la concentración.
Los beneficios que pueden obtenerse del uso de estas técnicas tienen fundamentalmente dos tipos de aplicación: en el entrenamiento, ya que la mejora que se produce en el proceso de aprendizaje facilitaría la adquisición y perfeccionamiento de habilidades; y en el momento de la competición, por las ventajas descritas arriba.

Las técnicas usadas son la EMT, Estimulación Magnética Transcraneal (TMS en inglés) que funciona mediante el envío de impulsos magnéticos localizados, en contacto directo sobre la cabeza del sujeto. Y la EET, Estimulación Eléctrica Transcraneal (tDCS, en inglés) que envía una débil corriente eléctrica mediante electrodos, también de manera directa.

Estos dos tipos de estimulación neuronal no dejan huellas en el cerebro, solamente unos pequeños cambios metabólicos muy  difíciles de detectar; por lo tanto no es posible determinar si un deportista ha hecho uso de estos procedimientos. De momento, los efectos que se han conseguido no son lo suficientemente duraderos como para convertirlos en una  práctica dopante pero ¿es ético usar estas técnicas para conseguir una mejor actuación deportiva? ¿debería permitirse en el futuro su uso indiscriminado, o debería restringirse a los entrenamientos?

Sin duda la incorporación de los avances científicos y tecnológicos al deporte aportan una serie de ventajas y beneficios, pero se abre ante nosotros un debate sobre las implicaciones éticas que conllevan ¿hasta dónde deberíamos dejar que la tecnología y la ciencia aumenten el rendimiento de los deportistas…?




El psicólogo Nick Davis de la Universidad de Swansea en el Reino Unido, ha publicado su investigación “Neurodoping: la estimulación cerebral como una medida para mejorar el rendimiento”,  en el que explica el funcionamiento de estas técnicas, sus efectos y conclusiones sobre las mismas. Puedes leerlo completo, aquí:

lunes, 10 de febrero de 2014

La agresividad de los padres en el deporte base

Fin de semana: levantarse, preparase, salir de casa y dirigirse al partido… las cosquillitas en el estómago, la ilusión, llegar a la cancha y ver a las compañeras de equipo, calentar, escuchar al entrenador, y finalmente jugar a baloncesto. Sentir el apoyo en la grada, ver a tu familia con una sonrisa… esos momentos siguen grabados en mi memoria, con cariño, con nostalgia.

El tiempo pasa y ahora somos nosotros quienes vamos a ver a nuestros hijos y sobrinos practicar deporte, y aunque éste sea el mismo, el escenario ha cambiado. Nuestra generación, influenciada por la sociedad competitiva en la que vivimos, impregnada por la cultura de la individualidad que nos rodea. Hemos convertido el placer del deporte por el deporte en una mera cuestión de resultados.

A menudo puede oírse en los partidos a padres gritar a sus hijos y resto de compañeros, corregirles, insultar al árbitro, cuestionar las decisiones del entrenador, etc. El espectáculo de ver a los niños disfrutando del juego ha dejado paso a un campo de batalla en el que van y vienen los reproches, y es aquí donde debemos parar y reflexionar, ¿qué valores estamos transmitiendo a los niños y niñas?

Imagen de usaghumphreys en Flickr con licencia CC

Cuando se realiza deporte en la infancia, lo más importante son los beneficios que se obtienen de esta práctica: relacionarse con sus iguales, fomentar hábitos saludables, adquirir responsabilidades, reforzar la autoconfianza, aprender a cooperar, y sobre todo, divertirse jugando.

Según van creciendo, se les aumentará el nivel de exigencia, de igual manera que en el colegio cada vez se irán formando en contenidos más difíciles, pero es función de los entrenadores y no de los padres, marcar esta exigencia y corregir los errores. Asistir a los partidos “papel y lápiz en mano” para luego corregir los fallos de los niños, es una situación que lejos de ayudarles a mejorar, puede resultar contraproducente: 

  • primero porque asociarán que después de un partido llega la reprimenda por los errores cometidos, y esto puede incrementar su nerviosismo durante los encuentros al sentirse evaluados por sus padres, logrando además el efecto contrario al buscado, y es que baje el rendimiento por esta ansiedad. 
  • segundo, que los niños pierdan las ganas de jugar a su deporte favorito porque ha pasado de ser  una actividad de disfrute, a convertirse en un examen constante para ellos. Lo más peligroso de este tipo de conductas, es que los niños acaben asociando que en parte, el afecto de sus padres va ligado a su rendimiento en los partidos, y que son más queridos cuando ganan que cuando pierden.
Algunas pautas simples que los padres puedes seguir para corregir o evitar esto son:

  • Animar a los niños, reforzar siempre el esfuerzo realizado, apoyarles cuando pierden.
  • No intentar “profesionalizar” la actividad que realizan, por mucho que los padres quieran, serán el tiempo, el trabajo, la constancia y sobre todo el propio deseo de los menores, quien dirá si serán un futuro Pedrito o Sergio Rodríguez.
  • Los mayores somos un modelo a seguir para los niños, un espejo en el que se miran, si ven a sus familiares gritar e insultar en las gradas, acabarán reproduciendo este comportamiento; mostremos respeto por el equipo contrario, por el entrenador, por la afición, facilitando que sea este patrón de conducta el que tomen como ejemplo.

Ayer, viendo la I Fase del concurso de Murgas adultas del Carnaval de Tenerife, me sorprendió gratamente la segunda canción de Los Chinchosos, “No a la violencia en el futbol base”, en ella abordaron esta problemática, criticando la actuación de algunos padres en los campos y haciendo hincapié en que debemos dejar a los niños disfrutar. Les recomiendo que vean la actuación si no han tenido oportunidad:



Lo más importante es que nos estamos dando cuenta de que hay un cierto sector de padres-aficionados que está convirtiendo el deporte base en un núcleo generador de conflictos, reconocer la existencia de esta problemática es el primer paso para ponerle solución, y ya en algunas instalaciones deportivas podemos ver algunas iniciativas para informar y sensibilizar al respecto, como ésta de la U.D Orotava:


Dejemos a los niños ser niños, disfrutar mientras juegan, sin presiones añadidas, sin comportamientos reprochables por nuestra parte... de esa manera siempre amarán el deporte y cuando crezcan, recordarán esos años con nostalgia y cariño.