domingo, 15 de diciembre de 2013

Competir en las luces y en las sombras

         Cuando compites contra un equipo líder o importante, la motivación va intrínseca al enfrentamiento, ganar a los mejores conlleva orgullo, dosis de autoconfianza, reafirmación. Pero cuando te enfrentas a equipos sin “pedigrí”, o simplemente de la zona baja de la tabla, los partidos pasan de duelos a simples trámites, y la motivación se diluye en el exceso de confianza; el reto de todo equipo es saber competir en condiciones apetecibles pero también en las que están faltas de brillo, en las que hay que arremangarse y remar no para alcanzar la gloria, sino simplemente para no quedarse atrás.
         La madurez de un equipo y su grado de competitividad, se reflejan en estos lances, jugando partidos trampa, de embotellamiento del contrario. Saber leer las fases del encuentro y sobre todo cerrarlo en las ocasiones en que se presta a ello, no es tarea fácil, pero sin duda es un objetivo a conseguir por un grupo que aspira a superarse.
         Hay partidos para la gloria, y partidos para curtirse y aprender; ganar a quien sólo llega dos veces a tu portería, es tan importante como ganarle a quien asedia tu área; y la actitud puede determinar el resultado, independientemente de los planteamientos tácticos.
         La actitud ganadora se trabaja, se gesta en los entrenamientos, y fuera de ellos; la ambición por querer mejorar, el compromiso para poder lograrlo, la inquietud por conseguir nuevos objetivos y el firme deseo de querer alejarse de la autocomplacencia. Son factores individuales que repercuten en el rendimiento del grupo, y que pueden por tanto, debilitarlo o fortalecerlo. Algunas claves básicas para mejorar la competitividad son:
  1. Abrazar la creencia de que no hay rival pequeño: subestimar al adversario induce al error.
  2. Mantener una concentración alta durante todo el encuentro: “desconectarse” al ir por delante o por detrás del marcador, suele traducirse en encajar goles.
  3. Saber leer los partidos y jugar con inteligencia: aumentar o disminuir el ritmo cuando es necesario, no precipitarse, dosificar esfuerzos.
  4. Aprender a gestionar las emociones y alti-bajos resultantes del devenir del juego: canalizar la frustración, controlar la euforia, convertir la desidia en tesón…
         En definitiva, aprender a exigirse mental y físicamente en todo tipo de partidos aumenta el umbral de competitividad de cualquier equipo, y le confiere un  carácter luchador y ganador. Corresponde al cuerpo técnico trabajar en estos valores y factores hasta convertirlos en una cualidad que caracterice al grupo, pero es sin duda en última instancia el jugador, quien decidirá sumar o no estas mejoras a su actitud.

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